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martes, noviembre 28, 2006

El “no”, la “norma” y la “frustración”

Una de las tareas más complicadas como padres, es empezar a enseñar a los niños/as el no, la norma y la tolerancia a la frustración. Es algo aparentemente sencillo, y a lo que no se le da suficiente importancia, pero que puede llegar a tener consecuencias poco deseables a medida que nuestro hijo/a va creciendo.

¿Cuándo se debe empezar a enseñar? Más o menos a los dos años. En ese momento los niños/as andan, corren, tocan, exploran y manipulan todo lo que tienen a su alrededor. No tienen conciencia de peligro, y todo lo aprenden por ensayo y error. Por lo que la labor de los padres en éste momento evolutivo resulta esencial.

En primer lugar, por la propia seguridad del niño, puesto que puede coger, tocar o ir hacia un lugar que conlleve algún peligro para él. Y en segundo lugar, debe empezar a aprender que no está solo en el mundo. Que ya no es el centro del universo. Hasta los dos años, más o menos, toda la vida familiar gira alrededor del niño/a. Pero a partir de ese momento, se le debe ir enseñando que no siempre se va a hacer lo que él quiere, ni se le van a cumplir todos los caprichos, que tiene que empezar a compartir las cosas, que mamá y papá tienen otras ocupaciones además de él, etc. Es decir, empieza el proceso de sociabilización.

Además, empieza a ver que hay unas personas, mamá, papá, los abuelos, las profesoras de la guardería... (figuras de referencia, de autoridad) que le dirán lo que hay que hacer, y que se les debe obedecer. En gran parte de las ocasiones, serán cosas que tienen que ver con el día a día, y el niño/a las acatará sin mayor problema. Pero habrá otras, en las que el niño/a protestará, llorará, no querrá hacer lo que le dicen, y es en esos momentos cuando más importancia cobra mantenerse firme. Que aprendan que hay veces en las que no se van a salir con la suya, y que no será gratificante para ellos. Pero también aprenden que se superan sin ningún problema, y que no es tan grave como ellos creen.

La realización de un buen trabajo a estas edades se verá reflejado, sobre todo, cuando el niño/a alcance la adolescencia. Momento en el cual se empiezan a mostrar más rebeldes, les cuesta acatar las normas y las cuestionan, y empiezan a tolerar poco la frustración, lo que llevará a discusiones entre padres e hijos/as. Como en la mayoría de las ocasiones, lo mejor es prevenir estas situaciones trabajando desde la infancia.



Jorge Quintas González
Psicólogo del Centro de Psicología EBER

viernes, octubre 13, 2006

Qué elementos ayudan a mejorar una conversación y a fomentar un clima de confianza

Vivimos en una sociedad con interacciones y contactos constantes con el mundo y las personas que nos rodean. No podemos “no relacionarnos” o “no comunicarnos” con los demás.

Los grupos de personas más próximos al niño y con quienes más se relaciona éste son la familia, los amigos, compañeros y profesores.

La base sobre la que se consolida y construye una relación positiva, es una comunicación adecuada. Todos podemos aprender a comunicarnos mejor para favorecer las relaciones con los demás.

- Escuchar activamente. Significa dar señales a la otra persona de que le estamos escuchando y no pensando en la cena o en un problema de trabajo; se lo diremos mirándole a los ojos, prestándole atención. Y siendo capaces de entender lo que nos cuenta porque nos ponemos en su lugar, siendo empáticos.

- Mostrar actitud de respeto ante la persona y lo que diga.

- Esperar a que llegue el turno para hablar y no interrumpir su discurso.

- Preguntar, pedir más información, esto dará una señal de que se está escuchando.

- No anticipar lo que la otra persona va a decir.

- Pedir lo que se quiere claramente, sin rodeos. Aunque podamos intuir a veces lo que otra persona quiere o necesita, no somos adivinos.

- No juzgar a la persona, aunque podamos valorar su comportamiento, en la práctica tendremos, mucho cuidado para no crear sentimientos de no querer seguir contando nada más.

- Utilizar mensajes “yo” en la conversación, “yo me siento enfadado por tu conducta…”

- Intentar que no haya grandes distracciones que acaparen la atención.

- Pedir opinión a la persona con la que se está hablando, que sienta que su opinión es importante.

- Que los argumentos utilizados sean razonables, fundamentados, no un simple “porque lo digo yo y basta”

- Buscar el momento y el lugar adecuado para tener una conversación, sobre todo si se trata de algún tema importante o delicado. Dedicarle tiempo, a veces tan escaso.

- Utilizar un tono de voz tranquilo, sosegado; capaz de rebajar tensión.

- Capacidad de ser flexibles; admitir que podemos equivocarnos y rectificar.

Todo esto se puede intentar fomentar en las relaciones y conversaciones con vuestros hijos desde que nacen y sobre todo a medida que van creciendo y desarrollándose, practicando con ellos. Prestando un poco de atención a cómo cada uno va haciendo las cosas e intentando mejorar cada día.

Marta Fernández Garrido
Logopeda de Centro Psicología Eber

La difícil vuelta al trabajo tras las vacaciones: El síndrome post-vacacional y cómo prevenirlo

La vuelta del periodo vacacional supone para todos un duro cambio al que nos cuesta adaptarnos. El periodo de relax y de libertad se acaba y vuelven las obligaciones, los horarios y la rutina.

Todos hemos sufrido alguna vez alguno de los síntomas provocados por el llamado Síndrome Post-vacacional. Aunque no es una patología propiamente dicha, contiene un componente de tristeza y angustia leve y que pasa en pocos días.Necesitamos un periodo de adaptación a los horarios, responsabilidades, obligaciones... que suponen la vuelta a casa y en ese periodo podemos sufrir ansiedad, cansancio, desgana o tristeza. Pero hay personas que acusan una serie de síntomas de inadaptación de forma severa, en concreto, un 35% de trabajadores de entre 25 y 40 años.

¿Qué es el Síndrome Post-vacacional en realidad? Es un concepto amplio que describe una incapacidad de adaptación al trabajo y a la rutina diaria tras la finalización de las vacaciones. Esta inadaptación conlleva una serie de síntomas en forma de desequilibrios, que suelen remitir al cabo de dos semanas en algunos casos agudos, aunque lo habitual es que remitan a los pocos días. Es un conjunto de síntomas que reflejan un estado de ánimo como reacción de rechazo al trabajo tras un período más o menos prolongado de vacaciones. Estos síntomas pueden situarse próximos a la depresión, irritabilidad, astenia, tristeza, apatía, ansiedad, insomnio, dolores musculares, tensión, nauseas, taquicardias, sensación de ahogo y problemas de estómago, entre otros.

Las causas de este síndrome son variadas, pero el desajuste horario es la principal, seguida del cambio en el ritmo diario y en los ciclos, cambio en las comidas y sobre todo, en nuestra actividad social. Si a esto le añadimos el regreso a un entorno de demandas y exigencias y a un ritmo que nos hace cambiar bruscamente nuestros hábitos de las últimas semanas, tenemos muchas posibilidades de ser víctimas del Síndrome Post-vacacional.

Pero no todas las personas que regresamos de vacaciones padecemos este síndrome. La variable más importante para manifestar esta inadaptación es la percepción subjetiva de la vuelta al trabajo, la vivencia de nuestra vuelta al trabajo. Debemos reconocer que el entorno de trabajo es un elemento fundamental junto a la percepción que de dicho entorno tenemos. La relación con jefes y compañeros puede hacer más llevadero o dificultar el proceso de adaptación al regreso.
El tiempo que estamos de vacaciones también es otro elemento que influye notablemente. Es recomendable dividir el periodo de vacaciones de modo que podamos disfrutarlas en dos periodos siempre que sea posible. ¿Cuántas veces nos planteamos que nos quedan aún otros 11 meses para volver a descansar? Este planteamiento nos lleva directamente al Síndrome Post-vacacional. Debemos intentar plantearnos que volvemos con energía renovada, nunca contando el tiempo como una cuenta atrás. Una vez que el fin de las vacaciones está próximo, es adecuado no dejar todo para última hora, sino regresar tres o cuatro días antes e ir adaptando nuestro ritmo al habitual, lo que puede ayudar a reducir el impacto de la vuelta a la normalidad.

En nuestro puesto de trabajo, se recomienda comenzar de manera gradual, siendo conscientes de que nuestro rendimiento irá aumentando en un par de días. Es importante ajustar nuestras expectativas, ya que si desde el primer día de incorporación pretendemos abarcar demasiado, surgirá la frustración ante la imposibilidad de obtener dichos objetivos y con ella, el desánimo y la ansiedad. Además, la coincidencia de que el primer día de trabajo sea lunes puede agravar esta situación de inadaptación. Si es posible, lo ideal es hacer la vuelta en un día diferente de la semana, así reduciremos el impacto psicológico de vuelta al trabajo. Retomar la vuelta al trabajo con una actitud positiva, con visión de reencuentro con la normalidad y nuestra tarea, será nuestra meta en los primeros días sin tratar de alargar este proceso inútilmente.

No obstante, si pasado un tiempo prudencial desde la vuelta a la normalidad (entre 15 días y un mes), estos síntomas persisten, debemos plantearnos que probablemente no estemos hablando de este síndrome, sino de algún otro problema de fondo que estaría en el origen del malestar y que nada tendría que ver con el regreso de vacaciones, más bien ya lo sufriríamos antes y con estos desajustes temporales se ha podido agudizar. En esos casos, lo recomendable es acudir a un profesional que realice una evaluación de la problemática y un tratamiento personalizado.

Arancha Luengo López
Psicóloga del Centro de Psicología EBER

El menor e Internet: Cómo facilitar desde la familia un uso adecuado

Internet ofrece posibilidades académicas, culturales, lúdicas, relacionales... La importancia de la red es cada día mayor en todas sus dimensiones (web, correo, chats...) y, para sacarle el máximo rendimiento, necesita de un adiestramiento.

A efectos educativos, Internet no es algo distinto de actividades como ver la TV o salir con amigos. Es importante que padres y madres afronten Internet dentro del modelo educativo que defienden para sus hijos y conozcan su funcionamiento, potenciando los factores positivos y minimizando los negativos de su uso.

“Navegue con su hijo y dialogue sobre lo que van descubriendo con el objetivo de que el menor vaya encontrando sus propios criterios”. Podemos valorar con él la información que nos ofrece la página (original, divertida...), buscar el objetivo esta, descubrir los valores que transmite, ser críticos con las ideas y con los medios que propone y enseñarle a descubrir áreas temáticas de calidad y apropiadas para él.

“Ponga un límite consensuado al tiempo de conexión”. La red es un lugar de ocio, consulta y relación, pero es útil dentro de unos márgenes razonables. Como en cualquier otra actividad, si dedicamos un tiempo abusivo a Internet, quedará menos espacio para el desarrollo de destrezas sociales.

Algunos síntomas que indican una “dedicación abusiva” a la red, en el menor son: Que reduzcan tiempo de sueño para conectarse; Descuiden actividades propias de su edad; Mantengan frecuentes discusiones con otros miembros de la familia por el tiempo de conexión; Piensen continuamente en la red aun cuando no estén conectados; Sean incapaces de controlar el tiempo de conexión aunque se lo propongan. Si se dan varios de estos síntomas, conviene consultar a un psicólogo.

Resulta fundamental pedirle que sea prudente con su propia intimidad y advertirle de los riesgos que puede acarrear ser imprudente en este terreno. Que no dé información personal (dirección, teléfono, fotos...) sin vuestro permiso explícito. Que os comente cualquier información que le resulte chocante o le provoque incomodidad. Que nunca contesten a un mensaje grosero o raro ni concierten una cita con alguien conocido en la red sin que vosotros participéis.

“Ante posibles contenidos inconvenientes para menores en Internet, no hay solución más sólida que la formación personal del menor”. Existen programas específicos de filtrado de contenidos cuyo fin es limitar el acceso a ciertas páginas. Reciben el nombre de programas "nodriza" o de control de contenidos. Los hay de pago, pero también gratuitos. Su funcionamiento es semejante. Una vez instalados en el ordenador del usuario se puede iniciar el programa filtrador a través de una clave que los padres o tutores han fijado con antelación y que el programa pide tras su primer arranque. Una vez activado, el niño podrá navegar únicamente por aquellos sitios que no estén definidos como potencialmente excluibles por el programa. Esta selección, por lo general, se realiza a partir de una lista interna de sitios web y otra lista de términos considerados no deseables que suelen venir incorporadas en el software, aunque el programa permite personalizarlas añadiendo o quitando sitios o palabras según criterio personal.

A través de Internet los ciudadanos podemos ejercer cierto control de la red al denunciar a la autoridad competente aquellas páginas que atentan directamente contra la dignidad del menor o que, siendo manifiestamente inconvenientes para ellos, hacen publicidad o se accede sin ningún control a sus contenidos.

Berta Villanueva Manjón
Psicóloga del Centro EBER

Obesidad Mórbida, Cirugía Bariátrica y Trastorno por Atracón

La obesidad está determinada por un porcentaje de grasa corporal anormalmente elevada, tanto si es generalizada o localizada. El indicador más utilizado para clasificar la obesidad es el Índice de Masa Corporal (IMC), que relaciona el peso en kilogramos con la talla expresada en metros, elevada al cuadrado (kg / (mts)2). Según esta clasificación, se considera obesidad mórbida a aquella que presenta un IMC mayor o igual a 40. A los individuos con un IMC de 50 se los clasifica como “super obesos”. A medida que aumenta el grado de obesidad, crecen los riesgos asociados a esta patología que incluye el riesgo de muerte.

¿Qué causa la obesidad? La obesidad es el resultado de un balance positivo entre las calorías consumidas y la energía gastada. Los factores genéticos, psicológicos y ambientales influyen en el peso corporal, pero todavía se desconocen los mecanismos que interactúan para determinar el peso de una persona.

Factores más influyentes sobre el peso corporal: Factores genéticos: según distintas investigaciones, se cree que los genes determinan el 33 por ciento del peso corporal; aunque esta contribución varía de persona a persona.Factores ambientales: están relacionados con el estilo de vida que involucra hábitos alimentarios y práctica de actividad física. En la actualidad, existe una gran disponibilidad de alimentos ricos en calorías a un bajo costo. Esto, unido a la tendencia al sedentarismo, acentúa la patología. Factores psicológicos: los atracones son el trastorno psicológico que puede desencadenar la obesidad mórbida. Es lo que se denomina trastorno por atracón, en el que se dan dos conductas claves: 1. Ingesta (en un corto periodo de tiempo, por ejemplo 2 horas) de una cantidad de comida superior a la que la mayoría de la gente podría consumir en el mismo tiempo y en circunstancias similares y; 2. Sensación de perder el control durante el episodio de ingesta (sensación de no poder parar de comer). Un tercio de las personas con obesidad mórbida padece este tipo de trastorno. Otras causas: algunas enfermedades como el hipotiroidismo, el Síndrome de Chushing y algunos trastornos neurológicos pueden causar un excesivo aumento de peso, así como también algunas drogas entre las cuales se encuentran los esteroides y antidepresivos.

¿Qué riesgos implica la Obesidad Mórbida? Las enfermedades más frecuentemente asociadas son la diabetes tipo II, la enfermedad coronaria, las dislipidemias y la hipertensión arterial.
Actualmente, el tratamiento más adoptado por la mayoría de los pacientes es la cirugía bariátrica que consiste en una operación de estómago con resultados agridulces, se suelen obtener beneficios psicológicos y físicos que llevan de la mano efectos negativos en un alto porcentaje de individuos. Se recomienda para aquellas personas con un IMC mayor o igual a 40, o en individuos con un IMC de 35, que presenten alguna patología asociada.

La cirugía puede ayudar a estos pacientes, esto es una realidad, pero cuidado, si el paciente presenta un trastorno de la conducta alimentaria debe tratarlo antes de realizarse una operación de estómago, porque “nos operan del estómago pero no de la cabeza”, es importante que aprendamos a cambiar hábitos de alimentación, trabajar sobre la imagen corporal, eliminar atracones y ciertas conductas purgativas como los vómitos.

La obesidad no es sólo un problema físico, es también un problema psicológico. No es simplemente que no se tenga fuerza de voluntad para no comer o que uno sea un desastre. Es que comer, en la mayoría de los casos, se ha convertido en una forma eficaz de aliviar malestar (aunque de forma momentánea), como una estrategia de afrontamiento que si pierdo no sabré qué hacer. Por tanto, hay que aprender otras estrategias de afrontamiento que no sean nocivas para mi salud, puedo aprender a relajarme, a diferenciar malestar de hambre, a llevar un orden en la comida, es decir, a cuidarme y a quererme.

Cristina Sánchez Fernández
Psicóloga del Centro de Psicología EBER

Cómo adquirir un buen aprendizaje

Para que el estudio y el proceso de aprendizaje resulte más cómodo y eficaz, y por lo tanto obtener una buena formación y unos buenos resultados académicos, hay que tener presente una serie de circunstancias y de factores que pueden resultar de gran utilidad.

Lo más importante es entender y razonar lo que se va a estudiar. Así, lograremos “aprendizajes significativos”. Es decir, que lo estudiado para un examen quede almacenado en nuestra memoria de una forma lógica y para siempre, y no se olvide después de haber realizado el examen. Por lo tanto, los conocimientos aprendidos se pueden recuperar y utilizar en cualquier momento y sin ningún esfuerzo.

Para ello, hay que tener presente que el primer paso hay que darlo en clase: estar atento a las explicaciones del profesor, preguntar todas las dudas que tengamos, entregar los trabajos y hacer los deberes. Lógicamente, todo esto se debe complementar con el trabajo en casa, que tiene que ser diario. De esta forma se logrará algo muy importante: “hábito de estudio”. Éste debe empezar a formarse durante los primeros cursos de primaria, para que cuando se llegue a la Enseñanza Secundaria esté totalmente adquirido. El papel de los padres en los primeros cursos es fundamental, ya que son los encargados de ir instaurando en el niño/a éste hábito, hasta que él/ella lo haga de una manera autónoma e independiente. Se logrará así, que el cuerpo se “habitúe” a estudiar a una hora y durante un determinado espacio de tiempo. Lo mismo ocurre, por ejemplo, al volver de las vacaciones. Levantarse por la mañana es muy complicado. Sobre todo las dos primeras semanas. Pero con el paso de los días, nos vamos acostumbrando a ello, y nos va resultando cada vez menos costoso madrugar. Nuestro cuerpo se ha “habituado” a levantarse a una hora determinada.

En casa se harán los deberes, se repasará lo visto en clase, se irán haciendo los trabajos que vayan pidiendo, memorizando, y dando un pequeño repaso al final. Aquí se pondrán en práctica las técnicas de estudio adquiridas durante toda la etapa escolar: lectura, subrayado, esquema, resumen y memorización. Pero ésta de forma razonada, que entendamos el por qué, a qué se deben las cosas, con qué está relacionado, etc. Así, da igual como esté formulada la pregunta en el examen, puesto que al estar memorizada de una forma lógica, se puede llegar a la información que se necesita a través de los esquemas que se han utilizado para su memorización.

Jorge Quintas González
Psicólogo del Centro de Psicología EBER

Cómo disfrutar el ocio y tiempo libre en familia

Consideramos como “tiempo libre” a la cantidad de tiempo que queda a nuestra disposición para dedicarlo a nuestro gusto y que empleamos para vivir en el ocio, reconfortarnos y adquirir el equilibrio psicofísico perdido.

El nuevo modelo de sociedad concede más importancia al ocio y más cantidad de tiempo libre pero, ¿cómo es la calidad de ese tiempo? ¿Lo empleamos para ser más libres, dialogantes, renovados física y psíquicamente?.

Los menores aprenden a vivir, a comportarse, a compartir y a emplear su tiempo libre por el ejemplo que reciben en el hogar desde su infancia.

Algunas sugerencias para emplear y disfrutar el tiempo libre en familia son:

- Vive el tiempo libre con tu hijo/a de manera conjunta toda la familia desde los años de la infancia. Necesita estar contigo. Puedes aprovechar el tiempo del que dispones para acompañarle en todos sus descubrimientos y disfrutar de las actividades lúdicas que más le gustan y que podáis realizar juntos.

- Si le escuchas, le cuentas anécdotas divertidas y compartes situaciones graciosas de tu vida con él, establecerás una relación afectiva adecuada.

- Enséñale a distribuir el tiempo libre en actividades diversas. Hay un tiempo para trabajar y otro para otras cosas. El tiempo libre no se debe ocupar en una única actividad sino dedicar parte a la lectura, al deporte, a la diversión con amigos, a escuchar música, a ver algún programa escogido de televisión...

- Facilítale un mundo rico en estímulos. A través de programas de televisión (que ves con tu hijo), libros, excursiones, acudir a representaciones teatrales o de marionetas... podrá ir ampliando el mundo que conoce.

- Es importante controlar el tiempo dedicado a ver la televisión y el de jugar con la videoconsola así como los contenidos.

- Tu hijo/a tiene capacidad para disfrutar su tiempo libre. Es importante que también pueda estar solo, o con otros niños, y decidir qué le apetece hacer.

- Conviene disponer en casa de espacio para moverse con cierta libertad (aunque con límites) y también visitar sitios abiertos y estar al aire libre donde pueda correr, ir en triciclo o bicicleta, jugar al balón...

- Proporciónale juegos y juguetes que manipule sin peligro y desarrollen su creatividad, su memoria, su razonamiento así como material para ejercitar movimientos más finos y precisos, como lápices, tijeras de punta redonda...

- Permítele participar en las tareas diarias. Elige actividades sencillas y supervísale. Deja que haga lo que pueda, que vaya mejorando en los hábitos cotidianos (comer, vestirse...) y encuentre soluciones a sus problemas.

- Razona con él las normas amoldándote a su capacidad para entender.

- Enséñale a respetar las cosas (ordenarlas, cuidarlas...) y el ambiente que le rodea: la calle, el barrio... Favorece en tu hijo/a el amor hacia la naturaleza disfrutando de los animales, las plantas, la montaña, la playa, el río...

- A medida que vaya creciendo y aumente la necesidad de relacionarse con sus amistades, dale la libertad necesaria para que emplear su tiempo libre con ellos/as, reservando siempre algo para compartirlo con la propia familia.

- Las actividades deportivas y de ocio para los menores y jóvenes son la medida preventiva más eficaz para disminuir los riesgos a los que están expuestos. Podemos solicitar desde las familias, a las instituciones públicas, que ayuden y potencien las iniciativas sociales para el tiempo libre.

Berta Villanueva Manjón
Psicóloga del Centro Psicología EBER

Cómo manejar nuestras explosiones de ira

"Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo" (Aristóteles).

El enfado, la ira, la rabia son emociones que nos sirven para poner límites a conductas de los demás. Son un modo de decir NO a eso que el otro me hace y que no quiero tolerar. Son emociones sanas que tampoco debemos intentar eliminar.

La ira es una emoción y como tal, se dispara de forma automática ante determinadas situaciones, en general frente a situaciones que interfieren con nuestros objetivos. Como toda emoción tiene una función, en este caso preparar al organismo para el esfuerzo necesario para vencer el obstáculo que se ha presentado. En ocasiones, el problema surge cuando la ira se desencadena en determinadas circunstancias, demasiado pronto o con demasiada pérdida de autocontrol, de modo que incluso luego nos sentimos culpables por nuestro “ataque de ira” y sus consecuencias para nosotros y los demás. Pero, ¿por qué puede ocurrir esto? :
- La conducta violenta de ira puede ser un medio para conseguir determinados objetivos cuando no somos capaces de lograrlos por otros métodos. En este caso nuestra conducta responde a un déficit de habilidades.

- Cuando hemos aguantado demasiado y saltamos por algo sin importancia. En realidad reaccionamos a todo lo que nos ha ocurrido previamente. Como nuestra reacción se considera desmesurada, tenderemos a reprimirnos y aguantar más, en consecuencia nuestra siguiente reacción violenta será mayor y seguiremos en ese círculo vicioso. El camino no es aguantar más, sino reaccionar asertivamente, es decir, actuar respetando nuestros derechos y los de los demás pero sin sentirnos mal por ello.

- También puede surgir la ira excesiva cuando interpretamos que existe un ataque en la conducta de los demás. Este problema suele ocurrir cuando reaccionamos ante las intenciones de los demás en lugar de reaccionar ante los hechos explícitos. El juicio de intenciones o “adivinación del pensamiento” es la causa más frecuente que nos puede llevar a tener reacciones violentas desmesuradas y desproporcionadas.

Podemos tener el control de nuestras emociones. Un mito muy arraigado es aquél que dice que "el autocontrol procede de reprimir nuestros sentimientos", nada menos cierto, pues el autocontrol es la consecuencia de sentir nuestras emociones (sin dejarnos arrastrar por ellas) y de usarlas de manera constructiva. Las emociones no se pueden elegir. El miedo, la ira o la tristeza son mecanismos de supervivencia que forman parte de nuestro bagaje emocional y no podemos desprendernos de ellas. Pero si podemos controlar las reacciones o conductas que se generan como producto de ellas.

Para enfrentarnos a las situaciones que nos desencadenan un ataque de ira, antes de actuar y arrepentirnos por nuestra conducta, podemos intentar mejorar nuestro autocontrol emocional siguiendo algunos pasos sencillos:

- Plantearnos si la ira es justa o no (por ejemplo, si procede de una “adivinación del pensamiento” y las intenciones del otro, de una falta de asertividad por nuestra parte por haber aguantado demasiado y saltar ahora por algo que es “la gota que colma el vaso”...).
- Aprender que es siempre una emoción válida pero expresarla de forma adaptativa.
- Identificar indicios de tensión que avisen de que la ira está cerca para poder reaccionar cuando todavía es posible: sudor de manos, puños cerrados, latidos del corazón, tasa respiratoria, incomodidad.

- Reevaluación cognitiva de la situación: evaluar las razones de nuestro enfado en la situación concreta y las consecuencias que puede tener para nosotros en ese momento una pérdida de control (sentimientos de culpa posteriores, por ejemplo). Aprovechar la ira para reaccionar y dirigir la energía que nos da, hacia la consecución de nuestros objetivos o lo que es lo mismo, orientarla hacia acciones productivas. Se trata de no hacer solamente una descarga emocional que nos quita la razón delante de los demás y nos aleja de nuestros objetivos y además nos deja mal. Hay que dirigir la ira hacia el objetivo que pretendemos. Ayuda cambiar la frase al dirigirnos al otro de "estoy enfadado ...." por "me gustaría que ...." o por “cuando haces X yo me siento Y”.

- Planificar conductas alternativas que podemos realizar si nos encontramos ante una situación en la que prevemos que vamos a perder el control y dejarnos llevar por la ira, como por ejemplo, “tiempo fuera”, (irse para calmarse y volver cuando se pueda afrontar el problema y podemos ser más objetivos). Podemos afrontar la ansiedad del momento con ejercicios de respiración profunda y distracción que nos ayuden a distanciarnos del problema.

En general, estas recomendaciones suelen funcionar adecuadamente con el entrenamiento y la práctica. No olvidemos que un buen manejo de las emociones negativas mediante un adecuado autocontrol, no solo facilita y mejora nuestra relación con los demás, sino que es la base para una sana autoestima.

Arancha Luengo López
Psicóloga del Centro de Psicología EBER

Cómo ayudar a los niños en la fluidez del habla

Durante el desarrollo del lenguaje son frecuentes los denominados “errores de fluidez” del habla. Estas alteraciones consisten en repeticiones de sonidos, palabras o frases, en prolongación de sonidos, bloqueos o pausas inadecuadas cuando hablamos. Aunque son más evidentes en algunos niños, casi todos ellos manifiestan este tipo de errores alrededor de los 2-3 años. Estas dificultades tienden a desaparecer entre los 2 y los 5 años, pero hay algunos niños/as en los que se van haciendo más frecuentes y se instaura la disfemia (tartamudez) de forma estable, que puede perdurar hasta la adolescencia o edad adulta.

No se puede predeterminar con exactitud si un niño pequeño va a desarrollar un cuadro de disfemia (tartamudez), pero sí se puede actuar con unas pautas de carácter preventivo, para que los errores en la fluidez desaparezcan lo antes posible, o no aumenten su frecuencia. Estas pautas son recomendables para los pequeños desde los 2-3 años, especialmente cuando manifiestan bloqueos o repeticiones de palabras o sonidos.

A continuación describimos algunas de estas actuaciones, que pueden poner en práctica padres y maestros. No obstante, cuando existan dudas sobre este tema, es fundamental consultar a un especialista del lenguaje, para que valore si hay que actuar y de qué manera, ya que depende en gran medida de la edad del niño, del tipo y frecuencia de errores, de su entorno familiar y social y de sus características de personalidad.

- No le corrijas ni le llames la atención sobre las repeticiones o bloqueos. Suprime incluso las ayudas comprensivas como “habla más despacio”, “relájate”, “tranquilízate”, “respira”, “vuelve a empezar”...

- Dale todo el tiempo necesario para que hable sin interrupción, ya que al niño puede llevarle más tiempo completar el mensaje. Intenta no mostrarte impaciente o desconcertado ante su habla.

- Dale conversación, evitando hacerle excesivas preguntas.

- Lee cuentos junto al niño, comenta con él/ella lo sucedido en el colegio, habla de cosas que le interesen...

- Presta mayor atención al contenido de lo que dice que a cómo lo dice, es decir, ante repeticiones céntrate en el contenido de la conversación. Haz comentarios sobre la idea que quiere transmitir.

- No le exijas que cuente algo o que hable delante de otras personas.

- No denomines sus disfluencias como “tartamudeo”. Si hay que hacer referencias a sus dificultades, se hará en términos de “repeticiones” o “atascos”.

- Permítele que cometa errores de fluidez y que vea cómo los cometen algunos adultos.

- Acepta todo el habla fluida y no fluida como habla normal, recordando que las vacilaciones y las repeticiones son perfectamente naturales en el habla temprana del niño y que pueden continuar durante algún tiempo.

- Habla despacio (pero de forma “natural”), con una entonación normal y pronunciación clara.

- Utiliza frases sencillas y cortas.

- Respeta los turnos de conversación.

- No te adelantes y no concluyas ni las palabras ni las oraciones que le cuesta decir.

María Antolín Martínez
Logopeda del Centro de Psicología EBER

Los miedos en los niños/as

El miedo es un fenómeno normal en los niños/as. Desde que nacemos hasta que nos hacemos mayores, nos vamos enfrentando a ellos. Pero en función del momento evolutivo en que se encuentre el niño/a, el miedo que puede presentar será diferente. Así, durante el primer año de vida, es normal el miedo a la pérdida de apoyo, a los sonidos fuertes, a las alturas, a las personas, a los objetos extraños, a la separación y a los objetos amenazadores. Del primer al segundo año, aparece miedo a la separación de los padres, a los extraños, a las tormentas, a los insectos y a los animales pequeños. De los 2 a los 4 años, a los ruidos y a quienes los hacen, a caerse, a perder apoyo y a los lugares altos, a los objetos y a las situaciones especificas con una causa desconocida. De los 4 a los 6 años, al ridículo, a los ladrones, a seres imaginarios, a la amenaza de daño, al fuego, a la oscuridad y a estar sólo. De los 6 a los 11 años, a los seres sobrenaturales, a las heridas, a la salud, a la muerte y a los miedos escolares. De los 11 a los 13 años, son miedos escolares, sociales, económicos, políticos y de autoimagen. Y de los 13 a los 18 años, miedos sexuales, relacionados con la autoidentidad, el rendimiento personal, sociales, académicos, políticos y económicos.

Los miedos se pueden producir por diversos motivos:
· Ver a otros mostrando miedo (condicionamiento vicario).
· Ver a sus padres o hermanos expresar su miedo (modelado).
· Por experiencias directas: por ejemplo, en el miedo a las cucarachas, el niño se asusta de ellas porque su madre cuando ve una emite un grito que le asusta (condicionamiento clásico).
· Por información negativa, como la prensa, radio, TV...

Hay que distinguir el miedo de la ansiedad. Para ello es conveniente fijarse en la reacción del niño/a. En el caso de los miedos la reacción ocurre ante un estimulo concreto. Además, la reacción implica la evitación, es decir, huir de ese estímulo que produce el miedo, o quedarse bloqueado.

En el caso de que el miedo persista en el tiempo, o que las reacciones que presenta el niño/a sean desproporcionadas o exageradas, es aconsejable acudir a un especialista.

Jorge Quintas González
Psicólogo del Centro de Psicología EBER

Cuidemos nuestra autoestima

Tener una autoestima “alta” supone sentirnos a gusto con nosotros/as mismos/as, aceptarnos tal como somos y confiar en nuestros propios valores. Una buena autoestima puede actuar como factor inmunizador de cara a problemas futuros ya que fomenta la toma de decisiones, el pensamiento independiente y la autonomía e incluso afecta de modo positivo a nuestra capacidad de relación social y de resolución de conflictos.

Tenemos un “déficit” de autoestima cuando:

- Nos valoramos poco, sentimos que no hacemos nada bien o pensamos que no tenemos cualidades que sólo tenemos defectos, manteniendo una imagen pobre de nosotros/as mismos/as.
- Nos criticamos y descalificamos mucho diciéndonos cosas como "yo no valgo", "no soy capaz", "soy un desastre”.
- Necesitamos la opinión de los demás para tomar nuestras propias decisiones, valorando más los comentarios de los otros que los propios.

¿Qué podemos hacer para mejorar nuestra autoestima? Estrategias y recomendaciones:

- Educar nuestra actitud para aprender a reconocer y a valorar las potencialidades y las cualidades que tenemos por muy insignificantes que nos parezcan.
- Felicitarnos por el esfuerzo realizado.
- Disminuir el número de descalificaciones ante las equivocaciones. Ser conscientes de que las etiquetas tales como “soy un desastre” "soy tonto/a" sólo nos hacen sentir mal y bloquearnos. Intentar sustituir expresiones como "no sé hacer nada bien..." por otras del tipo "esto no me ha salido bien o no me ha gustado".
- Distinguir entre comportamientos inadecuados y falta de valía como persona. Aunque en algunas situaciones nos comportemos mal, no significa que seamos malos como personas.

Con una baja autoestima nos volvemos muy vulnerables ante las críticas o ante los propios errores sintiendo tristeza, angustia o culpa.

Recuerda que los beneficios de cuidar nuestra autoestima son muy importantes para nuestro desarrollo personal y suponen una valiosa herramienta de autosatisfacción y de bienestar emocional.

La autoestima, al igual que ocurre con la seguridad en nosotros/as mismos/as, es una característica que podemos modificar. Las personas la vamos desarrollando en función de nuestras experiencias y relaciones con el entorno.

Un entrenamiento adecuado que nos ayude a percibirnos, a crear un concepto y una imagen de nosotros mismos más realista y positiva es la base para aprender a querernos, aceptarnos y animarnos a nosotros/as mismos/as.

Berta Villanueva Manjón
Psicóloga del Centro de Psicología EBER

Depedencia emocional en las relaciones de pareja

“En mi relación de pareja soy muy sumisa, hago todo por él, lo que sea. Para que él se sienta bien, le permito todo, no le pido nada, siempre pensando en que él se sienta bien. Siento que yo aporto más tiempo, dinero, energías, pasión, cuidado de no poner en riesgo la relación...A cambio, no recibo gran cosa, no soy feliz y aunque sé que objetiva y racionalmente esta relación no tiene futuro, no me hace bien y me tiene echa polvo, soy incapaz de hacer nada para dejarlo. No puedo dejarle, no puedo cortar y romper con mi pareja.”

Este testimonio sirve como ejemplo para introducir el tema de las relaciones de pareja insatisfactorias y su mantenimiento. Hay momentos en los que tenemos un conflicto que nos causa ansiedad y preocupaciones: nos debatimos entre continuar con una relación de pareja que no nos hace felices en absoluto y la idea de abandonar la relación. Muchas personas son víctimas de relaciones amorosas inadecuadas y no saben qué hacer al respecto. El miedo a la pérdida, a la soledad, al abandono....suelen estar detrás del mantenimiento de relaciones de pareja insatisfactorias e incluso patológicas.

Llevando esta situación al extremo y no en todos los casos de violencia doméstica, pero sí en algunos, sorprende cómo las personas maltratadas retiran las denuncias que habían interpuesto a sus parejas y regresan otra vez a su lado. Sin llegar a estos límites, podemos constatar que existen parejas notablemente desequilibradas y patológicas, en las que uno de los miembros tiende a dominar e incluso menospreciar al otro. Cuando estas parejas se rompen, sucede en ocasiones que el miembro de la pareja que había asumido el papel subordinado reacciona de manera paradójica. En lugar de sentirse aliviado por la ruptura de una situación que le estaba dañando, intenta de manera persistente reanudar la relación. En estos casos, estaríamos hablando de dependencia emocional.

Se podría definir dependencia emocional como la necesidad extrema de carácter afectivo que una persona siente hacia su pareja a lo largo de diferentes relaciones o al menos en un período concreto de la vida de esa persona. Las relaciones de pareja que suelen llevar a cabo las personas tendentes a la dependencia emocional son de sumisión e idealización de la pareja, que se convierte en el centro de su atención y existencia, en la persona alrededor de la cual gira su vida y él mismo. El círculo vicioso que se genera en esa relación consiste en que la posición dominante del compañero se incrementa, mientras que la autoestima del dependiente emocional decrece, trayendo como consecuencia un incremento de su necesidad excesiva del otro, ya que es su única fuente de refuerzo, y así, el mantenimiento de la relación, siendo la ruptura algo cada vez más temido por el dependiente.

Podemos determinar algunas características de los dependientes emocionales, aunque no es necesario que se cumplan todas ellas para afirmar que alguien sufre de dependencia emocional:

- Necesidad excesiva del otro, deseo de acceso constante hacia él, necesidad de pasar el mayor tiempo posible junto a esa persona.
- Aislamiento del entorno para dedicarse en exclusiva a su pareja.
- Prioridad de la pareja sobre cualquier otra cosa y sobre los intereses y actividades que antes se tenían.
- Idealización de la pareja y sus características.
- Relaciones basadas en la sumisión y subordinación y en muchas ocasiones historia de relaciones de pareja desequilibradas.
- Miedo intenso a la ruptura.
- Asunción del sistema de creencias de la pareja como propio.
- Necesidad de agradar en general y en ocasiones déficit de habilidades sociales.
- Baja autoestima.
- Miedo e intolerancia a la soledad, en ocasiones “empalmando” una relación tras el final de otra.

La dependencia emocional es un problema que tiene solución trabajando desde un modelo integrador todas las áreas mencionadas y teniendo en cuenta la fase en la que se encuentra la relación de pareja de la persona dependiente, si se ha producido o no la ruptura, por ejemplo, de modo que en algunos casos la mejor opción es terminar la relación y en otros ésta se podría reconducir, dependiendo también de las características del otro miembro de la pareja. Pero lo que es más importante, esta tendencia puede prevenirse de cara a futuras relaciones de pareja. Es posible amar con independencia y aún así seguir amando intensamente. Entregarse afectivamente no implica desaparecer en el otro, sino integrarse respetuosamente.

Arancha Luengo López
Psicóloga del Centro de Psicología EBER

La pronunciación en los niños

El desarrollo del lenguaje es un proceso paulatino en el que el niño progresa gracias a las continuas interacciones que establece con su entorno (padres, otros adultos y compañeros posteriormente). En dicho proceso el órgano del oído juega un papel relevante, de tal manera que si la audición es buena, el niño será capaz de percibir su entorno y de asimilarlo pero, si por el contrario, presenta alguna pérdida de sensibilidad auditiva, el desarrollo del lenguaje podrá verse alterado e incluso interrumpido.

Desde el momento del nacimiento los bebés muestran preferencia por la voz humana frente a otro tipo de sonidos. Es en los primeros meses cuando aparece el balbuceo. Éste consiste, en un primer momento, en una especie de gimnasia vocal que permite explorar todas las posibilidades del aparato articulatorio. Es universal, contiene una serie de sonidos que no tienen nada que ver con la lengua que se habla a su alrededor. El balbuceo va avanzando en complejidad (por ejemplo, combinando vocales y consonantes), se va haciendo más claro y preciso, se combina con repeticiones intencionales de sonidos (ecolalia), hasta llegar a las primeras palabras.

Entre los nueve y los dieciocho meses aparecen las primeras palabras, formadas por los sonidos que el pequeño está aprendiendo a pronunciar. Si al año y medio no habla nada y no muestra interés por el lenguaje oído, hay que evaluar a nivel auditivo, mental y físico.

A esta edad, los sonidos que el niño puede producir son algo diferentes al balbuceo del primer año, ya que son sonidos que sirven para formar palabras. Pero no olvidemos que el cerebro y los órganos que intervienen en la pronunciación o articulación aún no están totalmente desarrollados, por lo que el pequeño de un año es capaz de producir sonidos muy sencillos.

Así, la primera vocal en aparecer es generalmente la “a” y la primera consonante la “b”, la “p” o la “m”. La combinación de estos sonidos en sílabas con la repetición de la sílaba da lugar a “mamá” y “papá” que están entre las primeras palabras producidas, tal como ya sabemos. El desarrollo de las consonantes se hace de la “p” a la “t” y a la “k” y poco después simultáneamente de la “b” a la “d” y a la “g”. Los sonidos más tardíos en aparecer son los más difíciles para un niño, que suelen ser la “s”, la “ch”, la “j”, la “f”, la “z” y la “rr”. Los padres no deberían inquietarse por la pronunciación imperfecta de su hijo en cuanto a estos sonidos complejos antes de los cinco años y medio o seis.

Por otra parte, todos los niños comenten errores cuando pronuncian las palabras. Como hemos explicado, al tener un repertorio de sonidos limitados, tienen que simplificar las palabras. Los procesos de simplificación (por ejemplo, “totora” por “locomotora”), sustitución (por ejemplo, “popa” por “sopa”) y omisión (por ejemplo, “eta” por “puerta”) de sonidos dentro de las palabras son normales a cierta edad, pero cuando el niño continúa haciéndolos se debe consultar a un profesional.

Por tanto, hemos visto que el niño necesita un tiempo para ir adquiriendo y mejorando la pronunciación de los sonidos. Los padres y el entorno del niño pueden facilitar ese desarrollo hablando al niño mucho, despacio y claro pero sin repetir sus propias palabras (por ejemplo, aunque el niño diga “tete” nosotros diremos “chupete”). También pueden crear un ambiente en el que el niño se sienta tranquilo al hablar, dándole tiempo para que se exprese y sin exigirle que hable bien. Por último es importante que cuando surjan dudas a los padres sobre si existe o no retraso en la pronunciación de su hijo, consulten a un especialista que les recomendará esperar un tiempo o propondrá un programa de intervención, siempre dependiendo de la edad del niño y del tipo de errores que cometa.

María Antolín Martínez
Logopeda del Centro de Psicología EBER

Cómo ayudar a los hijos a desarrollar una buena autoestima

La labor de los padres en el desarrollo de la autoestima de los hijos, tiene un papel fundamental. Todo lo que dicen, lo que hacen, sus gestos, las caricias, los castigos, la autonomía que les proporcionan, las miradas tanto de aprobación como de desaprobación, van a hacer que ellos vayan adquiriendo una visión determinada de sí mismos.

Al ser sus principales figuras de referencia, es decir, las personas en las que se fijan y a las que admiran, tienen que hacer todo lo posible para que ellos mismos se vean como personas competentes, inteligentes, efectivas, cariñosas, responsables... Para ello, hay que cuidar la forma de comunicarse con ellos, cuidar el lenguaje, cuidar de nosotros mismos y de los hijos.

Cuando ellos estén contando algo, es importante que se les preste toda la atención, y que él lo perciba así. Cuando deciden contar algo, es porque para ellos esas personas, los padres, son importantes, y porque quieren compartir lo que les ha ocurrido con ellos. Para ello, hay que estar listos para escucharles. Eso implica que hay que prestarles toda la atención: no hay que estar leyendo el periódico al mismo tiempo, ni viendo la televisión y evitar, en lo posible, las ganas de interrumpirle a mitad de la historia para darle una solución o una sugerencia. Hay que dejarle terminar y luego con él, ver qué decir, evitando todas las distracciones posibles. Se debe participar de lo que está contando: hacerle preguntas, que aclare situaciones, etc. Centrarse en la “trama principal” de la historia: intentar ver qué es en realidad lo que quiere transmitir, por qué eso le importa tanto, o si está pidiendo ayuda. En la medida de lo posible encontrar soluciones.

También es importante generar un ambiente en el que ellos se sientan cómodos para expresar sus sentimientos. Para ello, hay que aceptar que pueden tener emociones diferentes, y que no pasa nada. Se debe crear un entorno seguro y de aceptación, donde encuentren diferentes formas de expresarse, darles todas las armas posibles para que expresen sus sentimientos, y ayudarles a que se sientan bien con ellos mismos, incluso en situaciones de decepción o derrota.

El lenguaje que se utiliza con ellos es la piedra angular para que edifiquen su autoestima. Debe ser una descripción de la conducta misma, sin juzgarle; Que comunique algo de uno mismo: aprecio, gozo, desaprobación o enojo; Y que reconozca su esfuerzo, tanto si tiene éxito como si no.

Jorge Quintas GonzálezPsicólogo del Centro de Psicología EBER

Relaciones Familiares y Convivencia: Cómo mejorar la comunicación con nuestros hijos

Las personas vivimos en comunidad. Somos seres sociales y para nuestro desarrollo personal tenemos que establecer múltiples relaciones con los demás. La familia es un claro ejemplo de ello. Establecer dentro del hogar un adecuado clima de convivencia, caracterizado por unas relaciones familiares afectuosas y de comprensión entre sus miembros, facilita el crecimiento de la autoestima de nuestros hijos. Les ayuda a madurar como seres humanos, a vincularse emocionalmente con otros y a conseguir sus metas. Una buena relación con tu hijo previene y evita problemas en el futuro.

Ahora bien, comunicarse no es tarea fácil. Existen estrategias eficaces para la solución de situaciones conflictivas que se producen en el seno familiar, así como diferentes recursos que resultan útiles para adquirir unas buenas habilidades de comunicación.

Uno de los más importantes es “fomentar la implicación familiar”. Esto supone disponer de espacios y tiempos de encuentro donde los miembros de la familia realicen tareas en común. Según la edad, la atención que requieren es diferente: contar un cuento, jugar a aquello que les gusta, hablar de sus experiencias o comentar sus inquietudes. La falta de tiempo y nuestras preocupaciones nos dificultan establecer esa relación estrecha que necesitan para su desarrollo. Observar los intereses y gustos de tu hijo, compartir aficiones o cualquier otra actividad y estar disponible en función de sus necesidades nos ayuda a mantener una buena influencia sobre su conducta, que perdure en el tiempo. Cuando dedicamos tiempo a dialogar con él, tanto de cosas importantes como pequeñas del día a día, estamos facilitando que aprendan a escuchar y a ser escuchados y que combinen la experiencia ajena con la propia.

Establecer un patrón de comunicación adecuado empieza por una habilidad básica: “la buena escucha”. Lo primero que hay que hacer para animar a tu hijo a que hable contigo y te cuente sus preocupaciones, además de pensar si también tú le hablas y le cuentas cosas tuyas, es escucharle y dejarle hablar. A veces, le cuesta encontrar las palabras y el momento adecuado para contar lo que le sucede. Si quieres que te hable y establecer un diálogo dale tiempo y no muestres rechazo. De lo contrario perderá la confianza en ti y conseguirás que no quiera contarte nada. Esto parece simple pero no lo es. Muchos padres no escuchan a sus hijos cuando les hablan de “sus cosas”, o les responden con mensajes que transmiten falta de interés, desaprobación o crítica hacia sus intereses y preocupaciones (como por ejemplo cuando calificamos como tonterías sus preocupaciones). El resultado es que se reduce mucho la comunicación entre padres e hijos porque piensan que sus padres no le comprenden. Evitar que se produzca este distanciamiento supone que los hijos perciban que sus padres están interesados en todo lo relacionado con ellos. Para que las interacciones que se establezcan en el grupo familiar sean equilibradas y permitan una comunicación clara y mutuamente influyente todos debemos poder expresarnos y ser escuchados. A veces, la comunicación que establecemos es en un único sentido (por ejemplo, cuando un padre o una madre impone una norma a su hijo). Lo adecuado es que se realice en las dos direcciones: de padre a hijos y de hijos a padre. Cuando no haya acuerdo con los hijos, es básico entender cómo se sienten y aceptar sus emociones, aunque no las compartas. Pueden parecer provocadores al discutir, pero es importante atender a lo que quiere comunicarnos, no a la forma o al dato puntual, dialogar y negociar. En vez de intentar de entrada imponer nuestro criterio, buscaremos soluciones que agraden a ambos.

Cuando nos comunicamos con nuestros hijos no sólo transmitimos palabras a través de la comunicación verbal,“lo que decimos”, sino que también nos ven actuar. Esto último,“cómo lo decimos”, es lo que se denomina comunicación no verbal. Así observan cómo les miramos, nuestra expresión facial, los gestos, el tono de voz, la proximidad o el contacto físico. Nuestros actos dan sentido a lo que estamos diciendo, expresan nuestras emociones y sentimientos y el niño aprende a interpretar el significado de nuestra conducta. Algunas pautas eficaces son: escuchar hasta que él acabe de hablar. Prestar atención tanto al contenido verbal como a las claves no verbales. Orientar nuestra postura hacia él cuando nos habla y mantener el contacto ocular. Usar gestos y expresiones faciales de interés y de comprensión de lo que nos están diciendo. Normalmente ambos tipos de comunicación están presentes a la vez, complementándose la una a la otra, aunque hay ocasiones en las que los mensajes verbales se contradicen con los no verbales (por ejemplo cuando decimos estar tranquilos pero se nos ve muy enfadados). Estamos enviando “dobles mensajes” al niño indicándole cosas diferentes a lo que decimos y lo importante es hacer coincidir el mensaje verbal y el no verbal. En ocasiones, para mantener la conversación con nuestro hijo tenemos que transmitirle verbalmente que le estamos prestando atención. Podemos utilizar expresiones como “Si”, “Ya veo”, “¿En serio?”, “¿A ti que te parece?”, pedir una aclaración de aquello que no entendamos antes de sacar conclusiones, repetir lo que hemos entendido para que la otra persona nos confirme que no ha habido un malentendido o utilizar frases de resumen que muestren que entendemos el mensaje pero sin interrumpirle.

La forma más adecuada para dirigirnos a ellos es mediante una “comunicación positiva” donde al hablar empleamos mensajes en primera persona, centrados en transmitir lo que pensamos o sentimos nosotros (Ej.“Me disgusta ver sucia otra vez la cocina que acabo de limpiar”). Así no criticamos abiertamente su conducta sino que expresamos los efectos del comportamiento de nuestro hijo, lo que su conducta nos hace sentir o pensar.

Si quieres introducir algún cambio en la relación con tu hijo y utilizar alguna de estas sugerencias, ve poco a poco, establece prioridades y tómate tu tiempo. Para llegar a utilizar adecuadamente estas estrategias es necesario hacer un esfuerzo para ponerlas en práctica y adquirir el hábito de emplearlas.

Berta Villanueva Manjón
Psicóloga del Centro de Psicología EBER

Cuando las "manías" y las "costumbres" suponen un problema: El trastorno Obsesivo-Compulsivo

¿Quién no tiene una manía, una costumbre o hábito, una pequeña obsesión que va y viene, un temor oculto a que pase algo malo? Algunas personas sólo viajan en el primer vagón del metro, muchos actores evitan vestirse de amarillo antes de una función, mucha gente no sale de su casa sin su pañuelo, reloj o pulsera “de la suerte”. Todos tenemos, pequeñas manías u obsesiones que nos acompañan durante años y que no tienen por qué constituir una enfermedad. La importancia de las obsesiones y manías depende del grado en que afecten la vida cotidiana: si alguien tiene miedo a enfermar y deja de salir, relacionarse y trabajar, tiene un problema grave.
El límite a partir del cual las obsesiones se consideran patológicas y requieren un tratamiento, lo establece el paciente a partir del grado de pérdida de libertad que le producen. Los miedos, las dudas, las supersticiones forman parte de la mente de todos los seres humanos, pero cuando éstos interfieren en la vida diaria y se convierten en algo patológico estamos ante un Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). Se estima que este problema afecta a entre un 2% y un 3% de la población. Las personas con este trastorno viven atadas a un esquema de pensamientos inquietantes, desagradables y constantes (obsesiones) o a conductas repetitivas (compulsiones) que no pueden controlar y que se efectúan como respuesta a una obsesión. Luis tiene 16 años y no le queda tiempo para estudiar porque casi todo lo ocupa en ordenar su carpeta y limpiar su cuarto. Marta dedica siete horas al día a lavarse las manos. Cada vez que toca un objeto, siente el impulso irrefrenable de asearse para no contagiarse de ninguna enfermedad infecciosa. La imagen de Jack Nicholson como protagonista de la película “Mejor imposible”, ilustra claramente cómo es la vida de una persona con TOC y en qué consiste el trastorno.

El TOC es muy frecuente, suele iniciarse en la adolescencia y afecta igualmente a mujeres y varones, rara vez se manifiesta solo y suele cursar con depresión. Si no se trata, llega a invalidar la vida del paciente, ocupando todo su tiempo y tiranizando a las personas de su entorno, que con buena voluntad, colaboran en un principio en los rituales de comprobación para calmar al familiar, manteniendo el problema. Las obsesiones y compulsiones suponen una pérdida de tiempo y causan malestar. Además el hecho de tener continuamente unos pensamientos determinados, puede hacer que surjan dificultades para concentrarse en tareas como la lectura, el cálculo, la actividadlaboral, etc.

El individuo obsesivo sabe que sus pensamientos no tienen demasiado sentido, pero se siente incapaz de controlarlos. Así, cuando la obsesión es la del miedo a la contaminación, la solución será la de asearse de forma repetida. Los afectados tratan de resistirse a estos rituales, porque saben que su actitud es excesiva e irracional. Reconocen, incluso, que no obtienen ningún beneficio cuando los llevan a cabo, pero con ellos pueden paliar la ansiedad que les provocaría, precisamente, el hecho de no hacerlos. Incluso, para muchos es la forma de prevenir algún suceso o situación temida. Por ejemplo, si la imagen que obsesiona es la de que pueden hacer daño a alguien, ejecutan rituales repetitivos, como comprobar incesantemente si el gas está apagado, para evitar la catástrofe que temen pudiese ocurrir. Así, los rituales o compulsiones son conductas repetitivas que tranquilizan al sujeto que las realiza en cierta manera. Los afectados neutralizan su ansiedad con la creencia irracional de que llevando a cabo esa actividad repetitivamente controlan la situación. Es típico el ejemplo de la persona que sale de casa y tiene que volver porque no está segura de si ha echado la llave. Regresar le tranquiliza, aunque se encuentre todo en orden. Las personas obsesivas tienen muchas dudas. La duda se elimina repitiendo. La finalidad de la compulsión, es pues, evitar o reducir la ansiedad generada por la obsesión y/o evitar posibles sucesos o situaciones negativas.

La psicoterapia junto con la administración de antidepresivos, en un primer momento, es el principal tratamiento del TOC, efectivo en siete de cada 10 casos. Sin un diagnóstico precoz, los síntomas se agravan hasta incapacitar completamente al paciente para hacer su vida diaria. Y sin un tratamiento, se favorece la aparición de otros trastornos.

Arancha Luengo López
Psicóloga del Centro de Psicología EBER

Cuando mi hijo no lee como los demás

En contra de lo fácil que nos pueda parecer, aprender a leer y a escribir es una tarea muy compleja, que requiere mucho esfuerzo por parte del niño. Los niños comienzan a tomar contacto con la lectura y la escritura en la Escuela Infantil, pero no es hasta Primero de Educación Primaria (6–7 años) cuando desarrollan el aprendizaje formal de la lectoescritura.

Para que se produzca un adecuado aprendizaje de la lecto-escritura, se tiene que haber desarrollado en el niño una base previa. Es lo que se denomina “prerrequisitos para el aprendizaje de la lectura y escritura”, que comprenden habilidades relacionadas con la inteligencia (como la memoria o la capacidad para hacer secuencias), con la psicomotricidad, con la percepción, con el lenguaje oral y con la comprensión, entre otras. Todas estas habilidades se ven facilitadas cuando el niño muestra una actitud positiva hacia las tareas escolares y, en general, cuando tiene buena autoestima. Si el desarrollo de estas habilidades es adecuado para la edad del niño, generalmente, no presentará dificultades en su aprendizaje.

Al igual que en otro tipo de problemas, detectar y actuar a tiempo cuando existen dificultades en la lectura y escritura tiene beneficios relevantes de cara a su reducción y para prevenir un posible desarrollo de la dislexia.

Tradicionalmente, se ha diagnosticado como disléxicos a los niños que presentaban problemas para aprender a leer y escribir. Pero no todos los niños que tienen dificultades para este aprendizaje son disléxicos. Por tanto, hay niños que presentan un retraso en el aprendizaje de la lectoescritura y otros que presentan dislexia. Las características en ambos casos son bastante similares. Sin embargo, la evolución de un niño con un retraso en la lectoescritura es mejor que la de un niño con dislexia, es decir, su mejoría en un tratamiento es mucho más rápida que en el caso de la dislexia. Esto es debido, en parte, a que los mecanismos relacionados con la dislexia son mucho más complejos que los del retraso en el aprendizaje. Aún así, se puede conseguir que un niño disléxico se ajuste a la normalidad.

Aunque el diagnóstico de la dislexia no se realiza antes de los 7 años, no se debe esperar hasta ese momento para consultar a un especialista, ya que existen los llamados indicadores primarios de una posible dislexia. Se manifiestan entre los cuatro y los seis años, aproximadamente. Éstos pueden aparecer a dos niveles: en el habla y el lenguaje, y en la psicomotricidad.

En el habla y en el lenguaje se consideran indicadores primarios de posible dislexia o de dificultades en el aprendizaje de la lectura y escritura los problemas en pronunciación, un vocabulario reducido para la edad, una expresión pobre (hablar poco y con estructuras muy simples) o una comprensión verbal deficiente. En la psicomotricidad, caben destacar los retrasos en el desarrollo del esquema corporal y la lateralidad, dificultades en aprender y confusión de colores, formas, tamaños y posiciones, torpeza en los movimientos y en la ejecución de actividades manuales, o tendencia a la “escritura en espejo” (cofundir, por ejemplo, la “p” y la “q”).

Como conclusión, hay que entender que estos rasgos pueden aparecer en cualquier niño de forma aislada (por ejemplo, presentar un problema de pronunciación en determinados sonidos) y no significar una alarma para una dislexia. Pero sí debemos estar atentos y mantener contacto con el profesor del niño, ya que conoce la evolución del niño durante el aprendizaje de la lectura y la escritura.

María Antolín Martínez
Logopeda del Centro de Psicología EBER

Saber decir que no, ¿una tarea complicada?

La conducta asertiva, más conocida como “saber decir que no”, se caracteriza por la expresión directa de los propios sentimientos, necesidades, derechos legítimos u opiniones sin amenazar o castigar a los demás, y sin violar sus derechos. Así, el mensaje que mandamos al otro cuando ponemos esto en práctica es: “esto es lo que yo pienso; esto es lo que yo siento; así es como veo la situación”.

La asertividad, como el resto de habilidades sociales, es importante para lograr dos tipos de objetivos:

- Afectuoso: conseguir relaciones satisfactorias con los demás, estableciendo amistades y relaciones amorosas.
- Instrumental: realizar actividades con éxito en nuestra vida diaria, como comprar, vender, entrevistas de trabajo y la utilización de instituciones sociales y prestaciones.

En primer lugar, debemos diferenciar esta conducta de la agresiva, en la cual violamos los derechos de la otra persona; y de la conducta no asertiva, que implica la violación de los propios derechos al no ser capaz de expresar nuestros sentimientos, pensamientos y opiniones y, por consiguiente, permitiendo a los demás que violen nuestros propios sentimientos, o los acabemos expresando con disculpas y con falta de confianza, por lo que los otros pueden fácilmente no hacernos caso.
La respuesta asertiva se caracteriza por un contacto ocular directo, un tono de voz en la conversación adecuado, un habla fluida, gestos firmes, respuestas directas a la situación, manos sueltas, mensajes en primera persona y verbalizaciones positivas.

Al poner este tipo de conducta en práctica, es normal que sintamos cierto malestar o ansiedad. Esto es algo que nos ocurre a todos, ya que no estamos acostumbrados y nos supone cierto malestar. Ejemplos de estas situaciones son cuando queremos devolver un producto defectuoso al dependiente de una tienda, o expresar una molestia o una crítica justificada de manera apropiada. Lo que debemos hacer es valorar las consecuencias a corto y largo plazo, y ver qué es lo más favorable. Lo que está demostrado, es que la conducta asertiva a largo plazo, aumenta las consecuencias positivas y diminuye las desfavorables.

La persona que consigue mantener este tipo de conductas, logra resolver sus problemas, sentirse a gusto consigo mismo y con los otros, satisfecho y relajado, tiene el control de la situación, y se gusta tanto a sí mismo como a los demás.

Jorge Quintas GonzálezPsicólogo del Centro de Psicología EBER

“Salud... bienestar...felicidad”

Con independencia de cuál sea nuestro sexo, edad, formación o trabajo, todas las personas compartimos el “deseo de estar sanas”. No obstante, en ocasiones creemos estar bien de salud y tenemos, por ejemplo, una tensión sanguínea alta. Otras veces nos encontramos con un malestar emocional con el que, a pesar de estar físicamente sanos, experimentamos a nivel subjetivo una salud deficiente. El “estado de salud” implica tanto el bienestar físico, como el psicológico y social.

Nuestras posibilidades de estar sanos dependen de un conjunto de factores condicionantes. Algunos son “biológicos" y de carácter innato pues forman parte de la naturaleza de cada persona o familia. Por ejemplo, los antecedentes familiares que tenemos de algunas enfermedades o la mayor o menor tendencia al desarrollo de determinadas patologías. Otros factores son “ambientales” y modificables en parte. Suponen las características del entorno donde una persona desarrolla su vida. Algunos ejemplos son los índices de contaminación del aire en el medio que nos rodea, nuestras condiciones de trabajo o de la vivienda, etc. Pero existe además otro factor de suma importancia para nuestra salud, que son aquellos comportamientos, “hábitos o estilos de vida” que llevan a una vida más saludable.

Actualmente se han estudiado los patrones de comportamiento referentes a la forma tan variable que tenemos de relacionarnos con el entorno, como nuestra decisión personal de llevar unos hábitos saludables u otros que no lo son. Estos estudios han demostrado cómo los “estilos de conducta” se adquieren principalmente en las primeras etapas de la vida y son modificables, ya que pueden aprenderse a cualquier edad y practicarse hasta conseguir unos hábitos de vida más saludables. Cada uno de nosotros podemos mejorar activamente nuestra propia salud modificando aquellas conductas, como el consumo de alcohol o de tabaco, que subyacen a determinadas enfermedades y tienen efectos perjudiciales y promocionando aquellas como el seguimiento de una dieta equilibrada, un descanso con un número de horas de sueño adecuadas y la práctica de ejercicio físico controlado, que se relacionan con una mayor calidad de vida y tienen efectos beneficiosos a nivel físico y sobre distintos aspectos psicológicos como la ansiedad, la mejora de la autoestima, etc.

Alcanzar el “estado de felicidad” o de “bienestar subjetivo” es otra aspiración común de las personas, que se caracteriza por una frecuente experiencia de satisfacción con nuestras vidas y la ausencia de depresión u otros estados negativos. Si además de mantenernos vivos evitando el dolor innecesario, buscamos la realización plena de nosotros mismos, resulta importante adquirir e interiorizar algunos valores. Son “aspectos de nuestra personalidad” que están relacionados con la anhelada sensación de sentirse bien y afectan positivamente a la salud física y psicológica.

De este modo, una de las actitudes del individuo que si se desarrolla y mantiene redunda en una mejor calidad de vida, supone estar fundamentalmente “interesados en nosotros mismos” y poner nuestros propios intereses ligeramente por delante de los de los demás. Las personas emocionalmente sanas tienden a sacrificarse así mismas, hasta cierto punto, por aquellos que estiman pero no completa o totalmente. Dado que elegimos vivir en una comunidad, el “interés social” también resulta una autoayuda para vivir felices. Numerosos estudios confirman que la amistad, el amor, la pareja y otras relaciones son la mayor causa de satisfacción. Las personas casadas afirman ser las más felices y las separadas las menos, incluso menos que las que están viudas. Tener redes sociales fuertes tiene un efecto positivo importante sobre la salud física y mental. Sin embargo, existen a menudo graves dificultades: amistades y parejas que se rompen, numerosas personas con dificultades para establecer relaciones, con sensación de incompetencia social o con habilidades sociales deficientes que pueden llevar al aislamiento o al rechazo y conducir a un estado de ansiedad y depresión. Para estas personas, un entrenamiento en habilidades sociales sería una forma efectiva de ayuda.

El trabajo es otra causa fundamental de bienestar. Existe un enlace causal claro entre la buena salud y la satisfacción en el trabajo, que es mucho mayor para quienes desempeñan trabajos profesionales de su interés. No obstante el ritmo de vida actual, rápido y competitivo, en numerosas ocasiones constituye una fuente de estrés que lograremos paliar siempre que exista una relación adecuada de equilibrio entre la cantidad y el tipo de trabajo, el enfrentamiento a situaciones nuevas y el número y la calidad de horas sueño y de ocio. Las personas sanas tienden a asumir la responsabilidad y la “dirección de su propia vida”. Cooperan con los demás pero no necesitan ni demandan un apoyo importante de ellos, aceptando la “responsabilidad de su existencia” sin culpar a los demás o a las condiciones sociales de su propio malestar emocional. El ocio es otro factor fundamental de bienestar y resulta muy saludable ocuparse en un “proyecto creativo de interés”, ajeno a nosotros mismos, además de algún compromiso humano importante que tengamos.

Las personas felices tienden a mostrar “flexibilidad en la forma de pensar”. No establecen reglas rígidas acerca de ellos mismos ni de los demás, están abiertos al cambio y son tolerantes en la visión de otras personas. De igual modo, tienden a ser “objetivos y racionales” y a regular sus emociones y acciones, reflexionando sobre ellas y evaluando sus consecuencias, en función de hasta qué punto llevan o no a la consecución de metas. “Aceptan la incertidumbre del mundo” en el que vivimos donde no existen las certezas absolutas. Disfrutan con cierto grado de control pero no exigen saber exactamente lo que el futuro traerá o les deparará a ellos mismos. “Asumen riesgos” intentando hacer lo que quieren y aventurándose, sin ser temerarias, incluso cuando tienen muchas posibilidades de fracasar.

Las personas tranquilas muestran una “alta tolerancia a la frustración”. Se otorgan así mismas y a los demás el derecho a equivocarse sin emitir juicios de valor. Intentan cambiar las conductas desagradables que pueden y aceptar las que no pueden cambiar incluso cuando las rechacen abiertamente. “Se aceptan incondicionalmente así mismas” por el simple hecho de estar vivas y tener la capacidad de divertirse, sin medir su valor como personas en función de sus logros existentes o de lo que otras personas puedan pensar de ellas. Intentan disfrutar y estar contentas en lugar de probarse así mismas.

Las personas equilibradas “buscan la gratificación y evitan el dolor”, aunque sin obsesionarse con el placer inmediato y pensando tanto en el hoy como en el mañana. Reconocen el hecho de que nunca van a conseguir todo lo que desean ni van a poder evitar todo dolor, “rechazando moverse de forma utópica” y poco realista en la búsqueda de la perfección, del placer total o de la desaparición completa de la ansiedad o la tristeza.

Estos son algunos supuestos básicos de la salud psicológica asociados a la estabilidad emocional, el autocontrol, la extroversión y la autoestima entre otros.

Berta Villanueva Manjón
Psicóloga del Centro de Psicología EBER

¡Quiero dejar de fumar!

Más del 80% de las personas que fuman expresan el deseo de dejar de fumar y el 35% lo intenta cada año.

Si bien el tabaquismo es un problema de salud que incumbe a todos los profesionales sanitarios, por nuestra parte, vamos a abordar el tratamiento psicológico del mismo.

Hay una serie de factores que son los que están presentes en la iniciación de la conducta de fumar como puede ser la búsqueda de valoración grupal, el aprendizaje de conductas paternas o de los mayores, el deseo de ser o parecer adulto ... todo esto se ve reforzado por la publicidad.
De todos son conocidas las múltiples alteraciones que se producen en el organismo por el consumo de tabaco, así como el gasto que éste le supone tanto a la persona que fuma como a la sanidad pública.

En todo tratamiento dirigido al cese de adicciones, es muy importante que la persona quiera realmente dejarlo, para comprobarlo se podría preguntar a sí mismo "¿Estoy dispuesto a fijar ya una fecha para dejar de fumar?". Las motivaciones de cada uno para dejar de fumar pueden ser muy diversas, pero conocerlas es útil para los momentos más difíciles en el proceso de abandono. Para conocer el grado en que uno está motivado a dejarlo podría preguntarse "¿Cuál es la posibilidad de que sea un "no fumador" en los próximos seis meses?".

Muchas personas que se han propuesto con anterioridad dejar de fumar y no lo han conseguido, seguramente no tuvieron en cuenta la "prevención de recaídas". Siendo en este punto donde el tratamiento psicológico juega su gran papel. Existen técnicas que permiten a los pacientes adelantarse a situaciones que motivarán el deseo de fumar, para de esta forma, poder modificar su forma de enfrentarse a las mismas (habilidades de rechazo ...). Así también se instruye a los pacientes en técnicas "cognitivas", dirigidas a la identificación de pensamientos desadaptativos, para poder hacerles frente y sustituirlos por patrones de pensamiento más realistas y eficaces.
Una creencia errónea en cuanto a dejar de fumar sería el hecho de considerar que se trata simplemente de "fuerza de voluntad", ya que, dicha idea lleva a la persona que no consigue dejarlo a sentirse "culpable" y también puede parecer que dicha "fuerza de voluntad" es una característica de personalidad que se tiene o no se tiene; cuando lo cierto es que la conducta de no fumar, al igual que se hizo en su día con la de fumar, se puede aprender.

Si bien conseguir dejar de fumar supone un esfuerzo diario para las personas que lo intentan, la consecución del objetivo resulta doblemente positiva ya que por un lado estaría la "satisfacción personal" por haber conseguido dejar una adicción que les perjudicaba y por otro el bienestar que produce en el seno familiar el dejar de ser "fumadores pasivos".

Concepción Martos Navarro
Psicóloga del Centro de Psicología EBER

Problemas sexuales femeninos: Eso de lo que nunca hablamos

La sexualidad femenina ha sido un tema que ha permanecido relegado e ignorado hasta épocas muy recientes. Durante siglos se ha contemplado a las mujeres como seres asexuados, que cedían a las demandas de sus maridos. Las mujeres han intentado ajustarse a un estereotipo rígido que las encorsetaba en un rol pasivo, al servicio del varón, en el que desaparecía cualquier tipo de indicio de individualidad e iniciativa. Poco a poco, el rol de las mujeres en la sociedad se fue flexibilizando y se empezó a desarrollar una mayor libertad sexual. Especialmente tras los movimientos feministas y algunos hitos relevantes como la aparición de métodos anticonceptivos, la mujer empieza a tomar contacto con su cuerpo, a experimentar placer y buscar satisfacción en la relación sexual, a manifestar sus deseos y preferencias. Pero éste es un camino no exento de dificultades y problemas.Una visión bastante extendida, señala que el sexo, está diseñado biológicamente como un proceso natural, que proporciona placer y así facilita la reproducción y la supervivencia de la especie, un proceso al que no es necesario prestar atención para que se desarrolle de manera saludable y satisfactoria. Además, la actividad sexual se ha incorporado como algo habitual en la vida y la búsqueda del placer sexual es tan importante como el tener un sustento económico, criar hijos o progresar en la vida. En la actualidad, este placer sexual es requisito, tanto para la mujer, como para el hombre y la concepción del coito como un elemento meramente reproductivo se ha cambiado por un elemento de comunicación, unión y placer. Pero, ¿qué nos pasa cuando no disfrutamos de algo que se supone que es "natural"? Muchos de los problemas relacionados con la sexualidad, tienen que ver, en gran parte, con la ignorancia y el conocimiento erróneo y distorsionado, influenciado por épocas anteriores y por una "mala educación sexual". Quizá el clima de confusión sobre el sexo responda a estos cambios sociales, de no esperar disfrutar nada con el sexo en épocas anteriores a esperar disfrutar casi demasiado tras la liberación sexual de la mujer. Son frecuentes en esta última etapa, algunos "mitos y errores" sobre el funcionamiento sexual en general y en particular sobre la mujer, como por ejemplo: "Toda mujer debe ser capaz de alcanzar un orgasmo mediante el coito, sin que haya una estimulación directa en sus genitales"; "Una mujer debe ser siempre excitada por su pareja"; "El orgasmo tiene que alcanzarse fácil y rápidamente y si no es así es que hay un problema"; "El orgasmo que se alcanza mediante la penetración es mejor que cualquier otro tipo de orgasmo"; y así muchos otros. Estas creencias influyen muy negativamente en la mujer con problemas sexuales. El miedo y la vergüenza, a ser "un bicho raro", a "no ser normal", hace más difícil la búsqueda de soluciones y por lo general, el problema se agravará. Muchas veces, la pasividad ante el problema por considerarlo parte de una misma "yo soy así, el sexo nunca me ha gustado", nos impiden contemplar la posibilidad de hallar una solución efectiva. Y eso sin nombrar las repercusiones en nuestra vida de pareja.Los problemas en el funcionamiento sexual son algo más común de lo que imaginamos. Entre el 50-70% de la población padece alguna disfunción sexual. De entre ellos el 90% de esas alteraciones se debe a causas psicológicas. Las personas, en cambio, no suelen acudir a consulta por este tipo de problemas, probablemente por estar como hemos dicho, avergonzadas, asustadas y también desinformadas, cuando en la práctica clínica, las disfunciones sexuales son posiblemente de los problemas que presentan un mayor porcentaje de éxito terapéutico, de hasta un 98%, dependiendo del tipo de disfunción.Uno de los problemas sexuales más frecuentes en las mujeres (que incluso se considera "normal") es la falta de deseo sexual, el "no tener ganas". Así, el sexo se vive de forma desganada, se rehuye y se evita y si el problema persiste, se tienen las relaciones sexuales "por obligación", "por la pareja". Esta situación, puede surgir tras un tiempo de funcionamiento satisfactorio, en el que las relaciones sexuales eran agradables, mientras que en otras circunstancias parece que este estado ha sido siempre así, algo que "nunca me ha interesado demasiado". Tras este tipo de afirmaciones, puede existir algún otro problema. Por ejemplo, si una mujer nunca ha tenido un orgasmo o el sexo ha sido doloroso, probablemente, sufra de bajo deseo sexual con el paso del tiempo y si la situación persiste, incluso se podría agravar de tal modo que se padezca aversión al sexo, caracterizada por los sentimientos intensos de rechazo, desagrado y ansiedad ante las situaciones relacionadas con el sexo.En cualquier caso, estamos hablando de problemas de origen psicológico y que como señalan las estadísticas, son fácilmente solucionables, aunque nos parezca increíble. El estudio de cada caso concreto por parte del profesional y una intervención con técnicas adaptadas al paciente, garantizan la solución de estos trastornos que tanto nos preocupan.

Arancha Luengo López
Psicóloga del Centro de Psicología EBER

Durante el desarrollo del lenguaje: ¿Qué pueden hacer los padres?

El proceso que sigue el niño desde que nace hasta que es capaz de hablar casi como un adulto no deja de sorprendernos, incluso a los profesionales de este campo. Existen una serie de requisitos necesarios que dependen de dos ámbitos: del propio niño y del entorno, especialmente de los progenitores.

El recién nacido cuenta con un aparato fonoarticulatorio y un sistema nervioso preparado para desarrollarse en función de la estimulación externa. Al principio, el bebé se comunica a través de un amplio y variado repertorio: movimiento del cuerpo y de sus miembros, expresión facial, gritos, lloros, sonidos... A partir de los seis meses añade a su sistema de gestos elementos verbales recibidos de sus interlocutores, que han adquirido para él un significado. Paralelamente, el cerebro del bebé establece continuamente conexiones neuronales que permiten el desarrollo de la inteligencia, ya que el lenguaje estimula y facilita el desarrollo intelectual.

El papel de los padres en este desarrollo es fundamental, ya que constituyen la fuente principal de estimulación que recibe el niño pequeño. Por ello, queremos dar a conocer los siguientes consejos:

- Comuníquese con el niño desde el primer día a través de todos los medios: dirigiéndose a él, tocándole, hablándole mucho, sonriéndole...- Favorezca la comprensión de las palabras familiares. ¿Cómo? Relacionando la palabra con el objeto o con gestos. Por ejemplo: si decimos "coche", lo señalamos o lo cogemos a la vez.- Háblele pausadamente y con claridad, con una voz inteligible.- Cuando el niño comience a hablar, déjele tiempo suficiente para las respuestas y para sus intervenciones verbales; es decir, no le meta prisa.- Diríjase al niño con un vocabulario apropiado a su nivel de desarrollo. No utilice términos demasiado infantiles o del propio niño (por ejemplo, diga "perro" en lugar de "guau-guau") o términos excesivamente complejos o precisos.- Evite corregir y reñir directamente al pequeño. Lo más adecuado consiste en emplear una técnica denominada corrección indirecta: en lugar de corregir directamente los errores de articulación, es preferible repetir a continuación la palabra, con el sonido bien pronunciado y no insistir en que el niño lo repita.

Estas pautas mencionadas son más que recomendables para cualquier niño, tanto si se plantean problemas en el lenguaje como si no. Pero hay que dejar claro que no son suficientes para enfrentarse a un posible retraso o trastorno en la articulación o el habla. En estos casos, es imprescindible la opinión clínica de un especialista. El diagnóstico precoz, es decir, evaluar al niño en el momento en que detectemos algún problema o tengamos dudas, facilitará la evolución de éste y permitirá que, posteriormente, en el aprendizaje de la lecto-escritura y en el medio escolar en general, no se desarrollen otros problemas.

María Antolín Martínez
Logopeda del Centro de Psicología EBER

Enuresis ¿qué hacer cuando nuestro hijo/a moja la cama?

La enuresis consiste en la emisión repetida de orina durante el día o por la noche, en la cama o en las ropas, involuntaria (en la mayoría de las ocasiones) o intencionalmente. Hay dos tipos de enuresis, y tenemos que ver a cuál pertenece en cada caso: la enuresis primaria, más frecuente en los niños, se da cuando no ha existido control voluntario de la micción desde el nacimiento. La enuresis secundaria, que se da más en las niñas, se produce cuando aparece micción una vez adquirido el control de esfínteres durante 6 meses.
Hasta los 5-6 años no es aconsejable decir que un niño/a presenta este problema, puesto que su cerebro todavía no esta lo suficientemente maduro. Ésto es muy importante, porque en la mayoría de las ocasiones, lo que ocurre es que no se detectan las señales que manda la vejiga cuando está llena a nuestro cerebro y así, éste nos indique que tenemos que ir al WC.Lo primero que hay que hacer, antes de empezar cualquier tratamiento psicológico, es acudir a un médico, un urólogo, para descartar que la emisión de orina no se debe a ningún trastorno físico, como puede ser la diabetes, infección del tracto urinario o crisis convulsivas. En la mayoría de las ocasiones, la enuresis se debe más a causas psicológicas que fisiológicas. Por ello, es muy importante acudir cuanto antes a la consulta de un psicólogo, ya que cuanto mayor sea la edad del niño, más problemas va a presentar la actuación. Hay que tener en cuenta que este tipo de problemática genera problemas paralelos en el niño/a como ansiedad, disminución de la autoestima, que no quiera ir a dormir a casa de ningún amigo, o que ningún amigo se quede a dormir en la suya. Y para los padres también es muy molesto, puesto que hay que cambiar la cama, se despiertan a la mitad de la noche, etc.
A medida que va pasando el tiempo, y el niño/a se hace mayor, estos problemas van aumentando. De ahí la importancia de detectar cuanto antes el problema y acudir a la consulta de un psicólogo.La actitud de los padres va a ser muy importante. Deben tener paciencia, no perder la calma, y colaborar en todo lo posible con su hijo/a y con el psicólogo. Éste va a tener en cuenta a la hora de elaborar el plan de trabajo, todo lo mencionado anteriormente, y trabajará en paralelo con ellos y con el niño/a.

Jorge Quintas González
Psicólogo del Centro de Psicología EBER

Alimentación y Salud

Comer es una necesidad para el organismo. Resulta indispensable para el crecimiento físico y el desarrollo intelectual en la infancia y en la adolescencia y favorece el buen funcionamiento y la salud de nuestro cuerpo a cualquier edad.

No obstante, comer también supone un hecho social que nos acompaña toda la vida y requiere un aprendizaje. Los hábitos alimentarios se configuran en la infancia y se desarrollan y asientan a lo largo de la vida de la persona. Estos hábitos son difíciles de modificar pero es frecuente observar que a lo largo de la vida de las personas se presentan variaciones muy importantes en su forma de comer. Por este motivo, resulta fundamental que los padres aprendan a valorar y a transmitir a sus hijos la importancia de una alimentación equilibrada, suficiente y variada como método para obtener un cuerpo sano, así como las consecuencias de una dieta restrictiva sin supervisión médica. La presencia de un pequeño sobrepeso en el niño o el adolescente supone un factor de riesgo para desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria: Anorexia o Bulimia Nerviosas. Muchos adolescentes empiezan dietas que leen en revistas, que están realizando algunos amigos que, en muchas ocasiones, son desproporcionadas, extremas y con numerosas ideas erróneas y mitos sobre calorías y alimentos que "engordan o no". El inicio de un régimen de adelgazamiento es una situación que puede actuar como precipitante de un trastorno de la alimentación. La dieta debería consistir, en el caso de que la persona presente realmente sobrepeso, en una propuesta razonable de no comer en exceso y además debiera ser variada y no muy restrictiva. No debe realizarse dieta sin control ya que resulta peligrosa y perjudicial. Si la persona está realmente "gordita", lo adecuado es que acuda al especialista (endocrino) y siga sus instrucciones.

Unos hábitos de alimentación sanos suponen el componente esencial de la calidad de vida de la persona. Por contra, unos hábitos de alimentación no sanos, como consecuencia del desarrollo de conductas desadaptativas con la comida y el peso, la existencia de vómitos, atracones o el abuso de laxantes o diuréticos, producen complicaciones físicas manifestadas con síntomas de cansancio, falta de concentración, debilidad física, mal humor, tristeza y enfado, entre otros. Los principales problemas de salud relacionados con una nutrición inadecuada, al estilo de los países desarrollados, son: obesidad, arteriosclerosis, hipertensión, estreñimiento, diabetes, osteoporosis y algunos cánceres sobre todo digestivos.

Los alimentos que tomamos contienen "nutrientes" que son las sustancias básicas necesarias para la constitución física y la subsistencia del ser humano. La proporción en que se encuentran cada uno de estos elementos nutritivos en los alimentos es muy variada y la función que cada uno de ellos cumple en el organismo, fundamentalmente distinta. Basándonos en estos principios inmediatos, los alimentos más frecuentes se organizan fundamentalmente en siete grupos. En el grupo uno se incluyen la leche y sus derivados (yogurt y quesos). El grupo dos lo constituyen todas las formas de carne, los embutidos, los pescados, mariscos y huevos. Estos dos grupos de alimentos contienen como nutriente fundamental las proteínas que, aunque también pueden aportar energía, tienen como finalidad principal la plástica, es decir, la formación de nuevos tejidos y la reparación del desgaste continuo de las estructuras biológicas mediante su renovación. El grupo tres está formado por patatas, legumbres y frutos secos y sus componentes nos proporcionan la energía, las materias primas y los compuestos químicos que nuestro cuerpo necesita para regular los mecanismos vitales. Las verduras y hortalizas forman el cuarto grupo y las frutas el quinto. Ambos grupos de alimentos tienen como compuestos esenciales las vitaminas y los minerales que desempeñan una función reguladora controlando las distintas fases del metabolismo. El grupo seis incluye el pan, pastas, cereales y azúcar y el grupo siete las grasas, el aceite y la mantequilla. Los nutrientes de estos dos últimos grupos, hidratos de carbono y grasas respectivamente, se emplean como fuente de calorías y se destinan a ser quemados cumpliendo una misión energética.

De este modo, para conseguir una alimentación correcta capaz de cubrir nuestras necesidades nutritivas, elegiremos en nuestro menú diario uno o más alimentos representantes de cada grupo en cantidad suficiente y teniendo en cuenta el menú de todo el día, diseñado de modo que se repartan los productos de cada grupo entre todas las comidas: desayuno, comida, merienda y cena. El resultado final nos garantiza un equilibrio en nuestra dieta.

Queda claro pues que la propuesta para conseguir una alimentación sana consiste en realizar una dieta que presente una extensa variedad de alimentos y se consuman en cantidad suficiente. "No hay que comer mucho, hay que comer bien".

Berta Villanueva Manjón
Psicóloga del Centro de Psicología EBER

Pautas para mejorar los problemas de conducta en nuestros hijos

Muchas veces los padres solemos decir: "Mi hijo ha salido torcido"; "Desde que nació nos ha dado guerra"; "No hay quien saque partido de este niño"...

Frases como éstas constituyen formas habituales de explicar los problemas que los padres encuentran en las conductas de sus hijos. Sin embargo, las cosas resultan mucho más concretas y fáciles de explicar. Cuando un niño nace, no sabe jugar, estudiar, comer o hablar. Todas estas habilidades y comportamientos los va a ir aprendiendo a lo largo de su desarrollo. Igualmente, un niño tampoco nace sabiendo molestar a los demás, comportarse mal o pegar a sus hermanos pequeños. Todas estas cosas también se aprenden, es decir, los problemas de conducta que presentan nuestros hijos, son aprendidos, lo cual es muy positivo y nos da la clave del asunto: si estas acciones se han aprendido pueden desaprenderse aprendiendo otras distintas.La conducta se aprende desde los primeros momentos de la vida del niño, y el conocer a tiempo las leyes del aprendizaje nos permitirá educar mejor al niño y evitar problemas que puedan influir negativamente en su desarrollo personal. La clave es definir el problema de forma concreta, en términos de conducta, respondiendo a la pregunta: "¿Qué es lo que hace mi hijo?", para saber a lo que nos estamos refiriendo y poder cambiarlo. No es lo mismo decir "mi hijo es agresivo o celoso" que decir "empuja y tira a su hermano cada vez que éste le quita su juguete favorito" por tanto, antes de actuar, debemos definir y observar la conducta que supone un problema. Toda conducta humana, se repite a consecuencia de una recompensa, es decir, de un premio o REFORZADOR POSITIVO. Por ejemplo, cuando los padres de Juan le compran chuches para que cese su rabieta en el supermercado, las chuches son un refuerzo positivo de la conducta de Juan, que al verse recompensado, tenderá a tener más rabietas en el supermercado. Asimismo, también son reforzadores positivos de la conducta el amor, la atención prestada y el interés que los padres le prestan al niño cuando hace algo que les agrada. En general, cuando queremos enseñar al niño a responder en la forma deseada y aprender una conducta, hemos de darle un refuerzo positivo inmediato siempre que manifieste esa conducta y no otra. Por, ejemplo, si la madre de María la refuerza diciéndola que a ella le gusta que recoja su ropa o la lleva al parque, entonces probablemente la recogerá más a menudo en el futuro. Es muy importante la aplicación inmediata del reforzador, pues en caso contrario, perdería totalmente su eficacia. También hay que tener en cuenta, si lo que queremos es que el niño aprenda una conducta compleja (como vestirse solo), que es recomendable dividirla en pequeños pasos o APROXIMACIONES SUCESIVAS e ir reforzando cada pequeño paso realizado (halagar o premiar al niño si consigue primero ponerse solo los calcetines, luego hacerlo sólo si consigue abrocharse la camisa ...).¿Qué tenemos que hacer para eliminar conductas no deseables? En primer lugar, ignorar la conducta inadecuada del niño, privándole con ello de toda posibilidad de recibir refuerzos cuando la realice. A este procedimiento se le denomina EXTINCIÓN. Ana llora siempre que sus padres la mandan a la cama. Sus padres no la hacen caso (la extinguen) y dejan que llore sin decir ni hacer alguna cosa que pueda suponer un refuerzo para esa conducta. Para aplicar la extinción, es recomendable, primero observar las consecuencias de la conducta del niño. Si la consecuencia de la conducta inadecuada significa de alguna manera, una recompensa para el niño, debe dejar de serlo, puesto que si es así, la conducta inadecuada tenderá a repetirse en el futuro. Ana llora cuando se le dice que se vaya a la cama. Tras un rato de llanto, la llevamos a la cama con la promesa de contarla un cuento si calla. En el futuro, Ana llorará hasta que no la contemos un cuento. En este caso, estamos reforzando a Ana para que llore al irse a la cama. Si queremos extinguir su conducta, debemos eliminar el refuerzo que la mantiene e ignorar el llanto.Existen otros procedimientos para debilitar una conducta, como por ejemplo el TIEMPO FUERA, que consiste en aislar al niño cuando éste realiza una conducta indeseable. Por ejemplo, cada vez que Marcos monta una rabieta en casa se le puede advertir que si no cesa de gritar se le va a aislar en una habitación de la casa sin juguetes, que sea aburrida para el niño (pero no atemorizante) y no se le permite salir hasta que no se calme. Los padres también tendemos a usar el CASTIGO, pero se deben seguir una serie de reglas o principios para que sea efectivo como: informar al niño sobre cuál o cuales van a ser las conductas a castigarse y el castigo a aplicar, ofrecer el castigo siempre que se realice la conducta indeseable y no a veces y de forma inmediata, así como aplicarlo siempre con la misma intensidad y no dependiendo del estado emocional de quién lo aplica.En cualquier caso, para aplicar estas técnicas es necesario tener mucha paciencia, constancia y firmeza y por supuesto, autocontrol emocional por parte de los padres. Es recomendable, para problemas más específicos, complejos o que están presentando mayor resistencia, consultar con un profesional que diseñe un "programa de cambio de conducta a la medida del niño y con unas técnicas adecuadas para su edad y nivel de desarrollo".

Arancha Luengo López
Psicóloga del Centro de Psicología EBER

El Niño que se Retrasa en el Habla

En la adquisición del lenguaje, el retraso patológico puede confundirse con el retraso evolutivo, y es importante diferenciarlos, ya que las pautas que se han de seguir para suprimir las dificultades del habla son diferentes para cada caso.

Cuando apreciamos que un niño tiene dificultades para comenzar a hablar o no lo hace correctamente, nos preguntamos si será debido a problemas de nivel sensorial, neurológico y auditivo, o por el contrario, no es más que un retraso en la madurez del niño.

Muchas veces nos alarmamos innecesariamente al observar diferencias en el habla y en la comunicación en niños de la misma edad, sin darnos cuenta de que son simplemente eso, diferencias, y no retrasos o desórdenes. Si estas diferencias en el desarrollo del lenguaje se van superando, estaríamos hablando de retraso evolutivo, en el cual no es necesaria una intervención logopédica directa, pero sí es necesario mantener con el niño un comportamiento adecuado para ayudar en su maduración y evitar, por tanto, que lo que es simplemente un desfase cronológico en sus adquisiciones se convierta en problemas mayores. Por el contrario, cuando los errores persisten más allá de los 4 - 5 años estamos hablando de una patología, en la que se debe intervenir lo antes posible. Esta intervención es importante, ya que el niño que no pronuncia bien muchas veces es considerado como retrasado y puede también ser objeto de burla por parte de sus compañeros, creando en el niño problemas afectivos o de autoestima, ya que se les escucha menos o no se les presta tanta atención a sus mensajes, al resultar éstos poco inteligibles. Debemos evitar la excesiva corrección y preocupación que generan un clima de ansiedad que puede agravar sus dificultades.

Se ha demostrado la diferencia que se aprecia en cuanto a calidad, cantidad y rapidez en los progresos de niños que son intervenidos a edades tempranas. Por eso, ante posibles alteraciones en el habla o en la comunicación, es preciso recurrir a una intervención temprana, para que no repercutan negativamente en el desarrollo de otros procesos integrados en el niño.

Victoria Chico Igual
Logopeda del Centro de Psicología EBER

Lograr el Máximo Rendimientoen el Estudio

Al encontrarnos ya en la recta final del curso, a algunos estudiantes les empiezan a aflorar ciertos temores y dudas sobre su propia capacidad y rendimiento. Muchos se preguntan si hay una "formula mágica" o una "receta" para aprobar el curso. La respuesta es clara: no existe tal receta. Lo que sí se puede hacer es sacar el máximo provecho a este mes y medio que queda.Para tener éxito en los estudios, lo primero que hay que lograr, si todavía no se ha conseguido, es un hábito de estudio. Para ello, hay que establecer un horario, teniendo en cuenta actividades extraescolares, la merienda, etc, que se tiene que cumplir todos los días, sin excepción. Cada uno se tiene que elaborar el suyo, viendo cual es el mejor momento para estudiar, por la mañana o por la tarde. Como norma general, no es aconsejable estudiar después de las comidas fuertes o de hacer ejercicio físico.Para el estudio es necesario tener una buena planificación y organización del tiempo; acostumbrarse a estudiar siempre en el mismo sitio, preferiblemente la habitación; evitar ruidos y todo tipo de distracciones, como llamadas telefónicas, revistas, consolas... y además, tener apagados ordenador, música y móvil. Sólo tiene que quedar lo necesario, como cuadernos, libros, bolígrafos, etc. Además los factores ambientales, como la luz y la temperatura, deben ser los apropiados. La postura tiene que ser cómoda: la espalda recta, la cabeza ligeramente inclinada hacia delante, los pies apoyados en el suelo y los brazos relajados. Así el cuerpo no tendrá que hacer esfuerzos innecesarios, que aumentan el cansancio.En primer lugar, se deben hacer los deberes del día siguiente e ir preparando los trabajos que haya que entregar. Esto puede durar alrededor de una hora. A continuación se debe hacer un descanso de 5 o 10 minutos. A continuación, dedicar un par de minutos para jerarquizar las asignaturas en función de su dificultad, puesto que hay que seguir un orden en el estudio. Empezar con las asignaturas que tengan una dificultad media, después las más difíciles, y terminar con las fáciles. A la hora de estudiar una lección hay que seguir los siguientes pasos:

Prelectura: una lectura rápida para ver de qué trata.
Lectura comprensiva: segunda lectura pero mas detenidamente.
Subrayado: de las palabras clave e ideas principales.
Resumen y esquema: explicar con tus propias palabras de qué trata el tema, y ordenar jerárquicamente las ideas.
Memorización.

Transcurrida una hora u hora y media, se debe hacer un segundo descanso de 15 o 20 minutos, aunque si se esta muy concentrado es mejor seguir estudiando. Retomaremos el estudio con las asignaturas más fáciles, hasta terminar con lo planificado.En los periodos de descanso aprovecharemos para ventilar la habitación, comer o beber algo, caminar un poco... y también preguntar por llamadas o ver mensajes que hayamos podido recibir mientras estudiábamos. Lo que no se puede hacer es ponerse a ver la televisión o jugar al ordenador, ya que corremos el riesgo de "engancharnos" y desperdiciar todo lo hecho hasta entonces.Para que todo resulte más fácil, es aconsejable tener una agenda escolar, donde apuntar los deberes y fechas de los exámenes y trabajos.No hay que olvidar que la "formula mágica" para sacar el curso, no existe. Todo esto es una ayuda, unos consejos para optimizar el tiempo y el esfuerzo que se tiene que realizar hasta finales de junio.Mucho ánimo y suerte a todos.

Jorge Quintas González
Psicólogo del Centro de Psicología EBER